
El que por su gusto muere, hasta la muerte le sabe.
No será la primera y mucho menos la última vez que el fútbol mexicano nos rompa el corazón por andar de “chilitos verdes”. Lo que se vivió este sábado por la noche no fue una simple jornada de fútbol; fue una auténtica cátedra de humildad a periodicazos.
Tanto el Atlante como el Toluca saltaron a la cancha pensando que el puro escudo iba a jugar por ellos. Quisieron ganar más con el nombre y la alcurnia que con sudor en la camiseta, y miren nada más: la bofetada de realidad se escuchó desde el norte del continente hasta el zócalo capitalino.
A los Potros les acomodaron las herraduras (Real Salt Lake 4-0 Atlante)
Lo del Atlante no fue una derrota, ¡fue un auténtico baile de quinceañera! Los azulgranas se metieron a la casa del Real Salt Lake con la actitud del que va a pedir prestado y terminaron asaltados y sin zapatos. El sonoro 4-0 definitivo fue un cubetazo de agua helada que los bajó de su nube de un solo viaje.
Al equipo del pueblo lo regresaron a su realidad de la peor manera.
Y lo más gacho es que no los bailó un equipo lleno de cracks mundiales con fintas de fantasía; los liquidó un cuadro tosco, ordenado, de esos que muerden en cada rincón de la cancha y que, a base de puro empuje físico, les demostraron que en el fútbol moderno el romanticismo no mete goles. A los Potros les pintaron la cara y les recordaron que para volar alto, primero hay que tener las herraduras bien puestas en el piso.
Al Diablo se le apagó el infierno en el último suspiro (LAFC 1-0 Toluca)
Por su parte, los escarlatas corrieron con un poquito más de suerte en el trámite, pero el desenlace dolió como patada de mula en ayunas. Cuando parecía que Toluca rescataba un empate de oro en el BMO Stadium y todo se iba a definir desde los once pasos, llegó el cubetazo de agua helada. Al minuto 91, un zapatazo agónico de Eddie Segura techó a Hugo González y dejó a los choriceros con un palmo de narices, mordiendo el polvo en la última jugada del partido.
La herida sangra más porque la oncena dirigida por Antonio Mohamed pecó de ingenua y cometió el peor pecado del balompié: abarataron el partido al final. Quisieron pasear la pelota con parsimonia en la recta final, como si el reloj ya no corriera, y el cuadro angelino les demostró que en su casa nadie les viene a pintar la raya. Se les olvidó que el diablo es diablo por viejo, no por confiarse antes de que el árbitro silbe el final. Ahora les tocará jugarse la vida y ponerse el overol a marchas forzadas frente a Dallas.
La moraleja: Más acción y menos cotorreo
La lección de este sábado es clarísima para ambos proyectos. El fútbol actual no perdona a los soberbios ni a los que se sienten hechos a mano. Si Atlante y Toluca quieren volver a ser respetados, van a tener que dejar el traje de gala en el vestidor, ponerse el overol de trabajo y empezar a meter la pierna como Dios manda. Porque para ganar partidos, hace falta mucha más estrategia en la cancha y mucho menos humo en la cabeza.
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