La herramienta del videoarbitraje ha cargado con una cruz muy pesada desde su irrupción en el balompié mundial, recibiendo pedradas constantes por cortar el ritmo del juego, enfriar los festejos y desatar discusiones de nunca acabar.

Sin embargo, las cosas cambian de forma drástica cuando la tecnología se convierte en el único salvavidas de la verdad sobre el terreno de juego, desmintiendo la creencia de que su aplicación siempre llega a echar a perder el espectáculo.

El histórico enfrentamiento entre las selecciones de México e Inglaterra, celebrado el pasado cinco de julio en el marco de la Copa del Mundo, funciona como el testimonio perfecto de cómo la frialdad de las pantallas puede enderezar el barco y corregir la percepción humana en medio de una auténtica olla de presión.

Aquel compromiso en la capital del país representaba un trompo en la uña para el silbante Alireza Faghani, quien cargaba con la responsabilidad de impartir justicia ante una grada completamente volcada en favor del cuadro local.

Los detalles de aquella velada de alta tensión quedaron inmortalizados en el libro titulado El trabajo imposible, una obra del periodista William Ralston que explora el complejo universo de los árbitros. En dicho texto, el colegiado de cuarenta y ocho años confiesa que su principal fórmula para no perder la cabeza ante el ensordecedor ruido del graderío.

La clave fue aislarse mentalmente de la atmósfera exterior, concentrándose únicamente en la velocidad de las transiciones y en la intensidad de los choques individuales que proponían ambas escuadras y en donde la adrenalina estuvo siempre a flor de piel.

El verdadero examen de fuego para el cuerpo arbitral llegó en la parte complementaria, cuando el marcador favorecía provisionalmente a los europeos por dos goles a cero y la afición azteca empezaba a comerse las uñas.

Fue en ese momento cumbre donde la mediación tecnológica, comandada desde las pantallas por Nicolás Gallo Barragán, demostró que no está para perjudicar a nadie, sino para poner orden. En una acción sumamente colgada dentro del área, el atacante Harry Kane le dejó un recuerdito a Brian Gutiérrez que pasó inadvertido para la mirada en tiempo real del juez central.

Faghani reconoce en sus memorias que inicialmente no encontró los elementos necesarios para pitar la pena máxima, pero la intervención del VAR, al ralentizar la jugada y ofrecer el ángulo de visión idóneo, le aclaró el panorama por completo, permitiendo que Raúl Jiménez acortara distancias desde los once pasos y devolviera la vida al graderío.

El segundo acto donde la tecnología sacó las papas del fuego ocurrió poco después, tras una fuerte entrada de Jarell Quansah sobre el lateral mexicano Jesús Gallardo que encendió las alarmas. La velocidad de la jugada llevó al colegiado principal a dejar correr las acciones, una apreciación inicial que pudo haberle costado muy caro a la escuadra nacional y habría dejado un sabor de boca muy amargo.

La llamada de alerta desde la cabina de videoarbitraje obligó a Faghani a ir a revisar la repetición al monitor de campo, donde la nitidez de las imágenes expuso que el infractor había ido con la pierna por delante de forma desmedida.

Al contar con un panorama limpio y libre de las pulsaciones propias del partido, el silbante pudo dar marcha atrás y corregir el rumbo para mostrar la tarjeta roja directa, consolidando una noche donde el cuestionado sistema tecnológico no fue el enemigo de la película, sino el garante de la legalidad deportiva.

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