La travesía transoceánica terminó por pasarle una factura sumamente costosa a la escuadra de Los Ángeles Rams. Este histórico enfrentamiento, marcado en las vitrinas como el primer duelo de temporada regular de la NFL disputado en territorio de Australia, dejó en evidencia que las batallas no solo se ganan con el ovoide en la mano, sino también en las oficinas de planeación.

Mientras San Francisco supo dosificar las cargas para devorar el cambio de horario, la planeación y la logística del head coach de los angelinos terminaron siendo un auténtico tiro por la culata, ya que su plantel saltó al emparrillado de Melbourne arrastrando las cobijas y con las piernas pesadas debido a un extenuante viaje que los dejó completamente zombis.

Adaptarse al nuevo huso horario y al fresco aire matutino del continente de Oceanía resultó un calvario insoportable para los visitantes. Aunque la defensiva carnera intentó dar un golpe de autoridad al inicio del encuentro mediante un aparatoso robo de balón por parte del safety Quentin Lake, el tanque de combustible se les vació antes de tiempo.

El desfase de las horas en el reloj biológico le apagó las luces al cuadro de Los Ángeles de manera prematura, una alarmante falta de reflejos que la artillería gambusina de los 49ers supo oler a la distancia para empezar a mover los hilos a su conveniencia.

Quien sí supo enderezar el barco tras un titubeo tempranero fue el mariscal de campo Brock Purdy. Al pasador de San Francisco le costó un minuto entrar en calor y regaló un ovoide directo a las manos de la zaga defensiva rival sobre la banda derecha, una pifia que pudo haber encendido las alarmas en el banquillo.

Sin embargo, el tropezón inicial solo sirvió para picarle el orgullo al joven quarterback, quien se sacudió el polvo de inmediato para dar una auténtica cátedra de pitcheo aéreo al completar veinticinco de treinta y cuatro envíos para un total de doscientas cinco yardas.

El plato fuerte de su redención fueron tres soberbios pases de anotación que terminaron por destrozar la poca moral que le quedaba a un rival mareado por el largo viaje. El festín aéreo de Purdy encontró el complemento perfecto en el juego terrestre, donde el corredor novato Kaelon Black se puso el overol para quitarle un piano de encima al experimentado Christian McCaffrey.

Con la ventaja de diecisiete puntos en la bolsa durante el tercer cuarto y los angelinos pidiendo la hora por el cansancio físico, San Francisco se dedicó a congelar el balón de la mano de Black, quien sumó sesenta y cinco valiosas yardas.

La combinación entre la puntería quirúrgica de su mariscal de campo y el cansancio acumulado de los carneros terminó por sellar una velada redonda para los de California, demostrando que al viaje largo hay que saber ponerle buena cara y mejor estrategia.

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