
La reciente celebración de la Copa del Mundo en el Estadio Azteca fue solo un oasis en el desierto. Detrás de la fiesta mundialista, se esconde un crudo conflicto legal de cuatro décadas entre la administración del Coloso de Santa Úrsula y los dueños de los palcos históricos.
Así lo demostró Roberto Ruano, representante de la Asociación Mexicana de Titulares de Palcos y Plateas, en una charla con el diario Récord. Ruano afirmó que el saldo para los propietarios fue completamente negativo debido a los atropellos de la administración del inmueble, operado comercialmente en el marco del torneo bajo el cobijo de marcas aliadas.
Según el líder, la empresa ignoró los contratos vigentes, obligó a los usuarios a pagar sumas exorbitantes por alimentos y bloqueó los accesos vehiculares tradicionales.
A pesar de contar con un contrato de 99 años firmado desde la fundación del estadio, Ruano lamentó que la revisión del acuerdo no arrojara ninguna ventaja. El acceso a los partidos ya estaba garantizado por ley, pero los servicios adicionales prometidos fueron borrados de un plumazo.
“Si me apego estrictamente a lo que dicen nuestros contratos de palcos y plateas, salimos perdiendo. El documento estipula que podemos ingresar a todos y cada uno de los eventos; eso ya lo teníamos ganado, ahí no hay ventaja. Pero el contrato también dice que podemos introducir alimentos y bebidas, y habla de estacionamientos que no nos dieron. Por eso es un saldo negativo”, aseguró el representante.
Una orden judicial ignorada
La principal queja radica en la violación flagrante de los derechos adquiridos. Ruano expuso que, a pesar de que el acuerdo les permite ingresar con sus propios alimentos y usar cajones de estacionamiento exclusivos, la realidad en los accesos fue controlada rígidamente por el personal de seguridad del estadio.
Para el líder de la agrupación, la certidumbre jurídica quedó sumamente debilitada. La administración del Coloso no solo ignoró el contrato privado, sino que también desobedeció una orden judicial previa que suspendía explícitamente la prohibición de ingresar comida y automóviles al recinto.
El calvario de la “Última Milla” para la tercera edad
Las restricciones de movilidad golpearon con dureza a los sectores más vulnerables. El operativo vial “Última Milla”, implementado por el Gobierno de la Ciudad de México y la logística del estadio, obligó a los asistentes a caminar varios kilómetros para aproximarse al inmueble. Esto alejó por completo a los fundadores del Azteca.
“Muchos de los titulares compraron sus palcos en la década de los sesenta y hoy son personas de la tercera edad que no pueden caminar esa famosa última milla. Mucha gente no pudo asistir porque no había forma de que caminaran tres o cuatro kilómetros. En esa parte, también hubo un saldo muy negativo”, explicó Ruano.
Boicot a los paquetes millonarios de comida
El rechazo a las políticas de la administración se reflejó también en el bolsillo. Los directivos intentaron comercializar paquetes especiales de alimentos y bebidas con un costo que oscilaba en el millón y medio de pesos. Ante este precio inaccesible, la demanda fue un rotundo fracaso: solo el 3% de los dueños de palcos decidió adquirirlos.
El “negocio redondo” de los vendedores locales
Paradójicamente, la resistencia económica de los palquistas abrió una oportunidad de negocio para los propios trabajadores de base del Estadio Azteca. Ante el rechazo masivo a los paquetes oficiales, los vendedores del interior rescataron la experiencia de los asistentes ofreciendo productos a precios normales.
“Gracias a la solidaridad de los propietarios, no compramos esos paquetes de un millón de pesos. Al final del día, los vendedores tuvieron que ir a hacer su negocio: nos fueron a tocar a los palcos para ofrecernos botanas y cervezas a precios totalmente razonables, nada que ver con la locura que querían cobrar. Satisfechos por vivir un pedazo del Mundial, pero muy inconformes por todo lo que viene”, concluyó Ruano.
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