El Cruz Azul de Joel Huiqui no vino a dar un concierto de balompié, vino a sacar las papas del fuego. En un partido donde tuvieron que poner al santo de espaldas y rezarle a cuanta virgen se dejara, la Máquina Celeste arañó una victoria de oro por 1-0 ante el Philadelphia Union en la Leagues Cup.

El solitario gol del pampero José Paradela en el amanecer del encuentro fue suficiente para salir vivos de Pensilvania, aunque en el pecado llevaron la penitencia y terminaron pidiendo la hora con el rosario en la mano.

Para acabarla de amolar, la polémica no faltó. A más de un aficionado cementero se le cortó la digestión en la segunda mitad por unas manos de Gonzalo Piovi en el área que el VAR, milagrosamente, decidió perdonar. Al final, el balón no entró y los tres puntos viajan a la Noria.

Rompiendo embrujos y la malaria de “Rocky”

Más allá de lo futbolístico, este Cruz Azul ya jugaba su partido desde la previa. La directiva y la afición se plantaron ante la icónica estatua de Rocky Balboa para plantarle una bufanda celeste. Una osadía que muchos tildaron de suicida, considerando la famosa “maldición de Rocky” que persigue a los atrevidos. Pero esta vez, el destino se vistió de azul y el maleficio se rompió en mil pedazos.

Y vaya que urgía una limpia con huevo y albahaca. La Máquina venía arrastrando una losa pesadísima de las ediciones 2023, 2024 y, especialmente, la pesadilla del 2025. Cómo olvidar aquel humillante 7-0 que les acomodó el Seattle Sounders, un baile que dejó el orgullo cementero en la picota y con la reputación arrastrando por los suelos.

Con esos fantasmas rondando los cuatro puntos cardinales, el orgullo picó en el orgullo y salieron a morder.

Para esta batalla, el cuerpo técnico dejó de inventar agua tibia y mandó toda la carne al asador. El regreso al once titular de columnas como Kevin Mier, Erik Lira, el propio Paradela y el “Toro” Gabriel Fernández le dio otra cara al equipo.

En los primeros 45 minutos compitieron de tú a tú, pero en el complemento tocó sufrir, aguantar los trapos y defender el fortín colgándose hasta de las lámparas.

El amanecer azul y el sufrimiento en el “Submarine”

El silbatazo inicial fue el banderazo de salida para una Máquina que salió con el cuchillo entre los dientes. No pasaba mucho tiempo en el cronómetro cuando José Paradela frotó la lámpara y proyectó a Campos por la pradera izquierda.

El juvenil encaró a su marca con desparpajo, aguantó el viaje y esperó el movimiento exacto. Como si supiera el guion de memoria, el mismo Paradela apareció barriéndose en la frontal del área para conectar un zapatazo que anidó la de gajos en el fondo de las redes. ¡Golpazo de autoridad!

La inercia celeste era tanta que la fanaticada ya celebraba el segundo de la noche. Sin embargo, el “ojo del Gran Hermano” —ese VAR que a veces da y a veces quita— detectó un fuera de lugar milimétrico y ahogó el grito de gol. Ese golpe anímico revivió a los norteamericanos, quienes a partir del minuto 25 le apedrearon el rancho a Cruz Azul y los tuvieron en un puño.

San Kevin Mier y el chaparrón final

Para la segunda parte, la cancha se inclinó de un solo lado. El monólogo del Philadelphia Union fue tan drástico que el encuentro se convirtió en el show de San Kevin Mier. El arquero colombiano se vistió de héroe nacional sacando por lo menos dos pelotas que ya coreaban los locales como goles hechos.
Luego vino la jugada del infarto: un balón rebotado pegó en las manos de Gonzalo Piovi.

Todo el estadio pedía la pena máxima, pero tras unos segundos de tensión pura donde los celestes tragaron saliva, los jueces consideraron que la acción fue accidental. Se salvó la Máquina del paredón.

Buscando oxígeno puro para capear el temporal, Huiqui movió sus piezas. Mandó al terreno de juego a Luka Romero por Campos y al uruguayo Ibáñez por el desgastado “Toro” Fernández. Las modificaciones sirvieron para enfriar el partido y aguantar el chaparrón.

Cruz Azul entendió que ya no era hora de gustar, sino de ser un cazador furtivo en la defensa y sigiloso como gato bocarriba, sellando un triunfo que sabe a gloria y que espanta, por fin, los viejos demonios de la Leagues Cup.

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