Las canchas de nuestro balompié se tiñeron de luto este viernes once de septiembre tras confirmarse el fallecimiento de Jesús Rico Espejel a los setenta y tres años. La noticia despertó de inmediato un sentimiento de nostalgia en el entorno deportivo por la partida de uno de los veteranos que ayudaron al fortalecimiento de la selección mexicana.

Lo anterior motivó un pronunciamiento oficial por parte de la Federación Mexicana de Fútbol, organismo que extendió sus sinceras condolencias a los familiares y exaltó el invaluable aporte de quien fuera un pilar fundamental tanto en las filas de la selección nacional como en aquella inolvidable delegación que representó al país en la justa olímpica.

La historia de este recio zaguero comenzó a escribirse con letras profesionales en el año de 1972, cuando se enfundó en la camiseta del Atlético Español, una escuadra donde rápidamente llamó la atención gracias a una peculiar combinación de pulcritud técnica para salir jugando y una marca sumamente pegajosa que le quitaba el sueño a los delanteros rivales.

Su irrupción en el máximo circuito coincidió con su llamado para defender los colores patrios en los Juegos Olímpicos de Múnich, una experiencia internacional que forjó el carácter de un lateral derecho que jamás le rehuyó al esfuerzo defensivo ni a las incursiones en territorio enemigo.

Su etapa de mayor arraigo y esplendor aconteció con los Toros del Atlético Español, una institución en la que militó durante seis temporadas consecutivas y donde formó parte de una plantilla legendaria que dejó una huella imborrable en la memoria colectiva de los aficionados.

Bajo el cobijo de esos colores, Rico acarició la gloria absoluta durante la campaña de mil novecientos setenta y tres a mil novecientos setenta y cuatro, alcanzando un subcampeonato sumamente digno que consolidó a ese grupo de futbolistas como uno de los referentes más entrañables de la década de los setenta.

El andar del carrilero también dejó recuerdos gratos en otras plazas tradicionales de la geografía futbolística mexicana, sumando pasajes de mucha valía con las playeras del Puebla y de los Potros de Hierro del Atlante. En su estancia con el conjunto de la Franja, a donde arribó para la temporada de 1978.

Ahí el defensor aportó su madurez y oficio, compartiendo el vestidor con grandes figuras de aquella época dorada, enriqueciendo una trayectoria que siempre estuvo cobijada por el respeto de sus compañeros y rivales.

Más allá de sus logros en el plano táctico, Jesús Rico se ganó un lugar eterno en el folclor del balompié gracias al mítico narrador Ángel Fernández Rugama, quien con su habitual ingenio y poesía ante los micrófonos lo bautizó con el entrañable sobrenombre de Pimienta.

Ese apodo se convirtió en su sello de identidad y en el recuerdo vivo de un futbolista entregado que este viernes colgó los tenis de forma definitiva, dejando tras de sí un legado de pundonor que seguirá habitando en las páginas doradas del deporte nacional.

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